¿CUÁNTO VALE UNA VIDA EN SANTA CRUZ?
Por Chacho Candia
El brote de violencia al que está sometida nuestra ciudad en los últimos tiempos en que no pasa un día en el que dejemos de ver por televisión o en periódicos, asaltos, robos crímenes, muertos, que tanto les gusta mostrar a ciertos canales de TV en un intento de que la sangre de los difuntos chorree por nuestro televisor, aparte de poner en vilo a toda la ciudadanía, pone en evidencia la fragilidad de los organismos encargados de la seguridad ciudadana y la profunda crisis que se percibe en la seguridad pública.
La gran proliferación de la violencia en nuestra ciudad, responde en mucho a condiciones socioculturales que predisponen a un determinado sector social en general, mientras que las condiciones psicológicas predisponen a individuos dentro de otro sector. De tal manera que tratar de entender este importante brote de violencia urbana, requiere estudiar la articulación entre condiciones individuales y condiciones sociales, en su contexto cultural.
Son muchos los factores a los cuales se debe el surgimiento de tanta violencia, y son pocas las acciones que realizan las instituciones encargadas de la prevención de la violencia y la seguridad pública.
Entre otros puntos, señalados como causales de esta época de terror que nos está tocando vivir, se pueden considerar: la interrupción temprana del ciclo escolar, la falta de inserción laboral, la desarticulación familiar, la falta de controles sociales en lo público, las crisis en formas tradicionales de sociabilidad y vecindad, la pobreza, inequidades, el narcotráfico, consumo de drogas, mercado ilegal de armas, violencia intrafamiliar, violencia juvenil, la interrelación policial con la cultura delictiva, presencia de delincuentes llegados de otros países, etc.
La corrupción, que tradicionalmente ha estado enquistada en nuestras diversas instituciones, también se puede considerar como otro factor determinante en el tema de la violencia urbana.
Varias encuestas comparativas muestran que la Argentina es el país de América Latina con los índices más altos de desconfianza en las instituciones públicas, y donde la población se percibe más frecuentemente como víctima de la corrupción de funcionarios estatales, al parecer se olvidaron de incluir a Bolivia en ese estudio. En la percepción ciudadana las agencias de seguridad y control social (policía, institutos de menores, juzgados, cárceles, personal penitenciario, etc.) aparecen entre los protagonistas de esa corrupción y consecuente desconfianza.
En Santa Cruz vivimos constantemente en un estado de alerta y de terror de ser asaltado y victimado en cualquier momento y lugar. Estudios realizados, en países más avanzados que el nuestro, a través de encuestas comparativas, muestran que existe una distancia entre el riesgo real de ser victimado o asaltado y la percepción del ciudadano al respecto, y en ese sentido, sin ninguna duda que en Santa Cruz esa distancia, en estos momentos, es mínima.
Últimamente, en nuestro medio han dado mucho que hablar, en relación con la violencia, los grupos de jóvenes que se aglutinan en pandillas. En muchas sociedades se están viviendo procesos violentos, protagonizados por jóvenes que se incorporan a grupos con códigos secretos, que están presentes en las ciudades y cuyos miembros pertenecen a todos los estratos sociales, pero sobre todo a la población más empobrecida. Son las temibles pandillas.
Ser pandillero plantea una forma de vivir la ciudad. Son grupos de muchachos que tienen sus propios códigos y estructuras que representan una cultura en la que el manejo del poder está siempre presente.
En esta sociedad cambiante hay algunas personas y grupos que permanecen al margen de esa evolución, de ahí la palabra marginados. Como están fuera, también se les llama excluidos y, otras veces, son expulsados del sistema en el que habitan pues no se les considera rentables ni eficaces.
El marginado y el excluido pueden intentar incluirse pero el expulsado vive su realidad como una fatalidad que le impide ser él mismo. Esto produce un desaparecido de los escenarios públicos, un no-persona, sujetos que no importan, ni cuentan para la sociedad y de quienes nada se espera, a los que hay que evitar y, a veces, eliminar.
A partir de esa ausencia de reconocimiento, los jóvenes buscan a sus pares, sus semejantes, los otros expulsados como ellos y conforman los grupos pandilleros.
Si somos conscientes de que antes de ser victimarios han sido víctimas, debemos considerarlos, nos guste o no, como jóvenes combatientes de otras guerras en las que las armas no estaban precisamente en sus manos.
Hoy, las condiciones y secuelas de la pobreza son más profundas, pues el ambiente del hogar en que se nace marca como hierro el futuro de los niños. La frontera biológica y social entre la niñez y la adultez casi se ha borrado en sociedades como la nuestra, y es así como prorrumpen en el escenario de la vida los que se conocen como "niños-hombre". La necesidad de trabajar, no importa cómo o bajo qué condiciones, ya no tiene edad.
La sociedad debe reconocer que contra la infancia, especialmente la pobre, ha mantenido una guerra no declarada, antes de que las pandillas aparecieran en el escenario.
Nos preguntamos si la rebeldía de las pandillas, ¿es una respuesta a una sociedad que no ha sabido, o no ha querido, ocuparse de sus problemas cuando ellos eran niños...? ¿una sociedad a la que no le ha importado el hambre, el frío, la educación y la salud de niños que, careciendo de lo más elemental en cuanto a alimentación, salud, educación, etc., han crecido siendo testigos de tanta corrupción en todos los niveles, llámense políticos, empresariales, policiales, judiciales, etc.? ¿que han visto cómo se han levantado (y se levantan) mansiones por los cuatro puntos cardinales de nuestra capital y que cada vez es mayor la cantidad de vehículos de lujo que circulan por nuestras calles? ¿será que, mientras piden limosna en una esquina, han calculado que en menos de un minuto pasan cientos de miles de dólares, frente a sus estómagos vacíos, en lujosas movilidades 4X4 con una doble tracción que, en su gran mayoría, jamás es utilizada por quienes las conducen? ¿o es que todo el mundo es ganadero, industrial o exitoso empresario?
Son muchas las interrogantes y también tendrán que ser muchas las respuestas, pero una cosa es incuestionable, y es que, gran parte de los argumentos que acabamos de mencionar no sólo han provocado el incontrolable crecimiento de la violencia, también provocaron el fenómeno inédito de que vivamos, en nuestro país, una situación política tan especial.

Rosario Justiniano Domínguez dijo
La delincuencia en Santa Cruz ha aumentado...mientras que las autoriades responsables del área miran de palco, como todos los días...los delincuentes intentan llevarnos a su mundo de oscuridad...es un logro salir con vida...cuanto vale una vida humana...a veces Bs.20, un celular, un taxi...el respeto por la vida humana se está yendo de nuestras manos como el agua.
1 Diciembre 2009 | 07:49 AM